Verdad, justicia y la tortura de la tolerancia

Verdad, justicia y la tortura de la tolerancia

Los individuos en la zona de mi nacimiento se definían por una autosuficiencia estoica o un liberalismo no religioso, o ambos. Los domingos por la mañana temprano y los miércoles por la noche, me reunía con otros creyentes en la iglesia. Fuera de esas paredes —en la escuela o el trabajo— se encontraban muy pocos cristianos.

Una virtud definitoria de estas comunidades era la tolerancia. La tolerancia era esperada, modelada y enseñada. La tolerancia es un valor arraigado tanto en una sociedad democrática como en una cosmovisión cristiana, así que, en teoría, no tenía nada de qué preocuparme.

En la práctica, como cristiano evangélico y una minoría, también tuve que aprender a pedir tolerancia para mis creencias.

En la escuela secundaria, mi profesor de matemáticas pegó una calcomanía en su pizarra que decía: “La Mayoría Moral no es ninguna de las dos cosas”. En ese momento no entendía qué era la Mayoría Moral. Sin embargo, sí entendía que este profesor era propenso a tocar a las mujeres cuando les pedía que borraran la pizarra después de clase, algo que simplemente soportábamos, vengándonos al reírnos de él a sus espaldas.

En la escuela de posgrado, mi compañero de oficina adornó el espacio de trabajo que compartíamos con carteles pro-LGBT, lo que me hizo sentir libre de poner folletos provida en la pared encima de mi escritorio y en mi mitad de la puerta de la oficina. Sin embargo, mi compañero de oficina se horrorizó, afirmando que mis letreros la humillaban cuando los estudiantes o colegas venían a la oficina. Le dije que a mí no me humillaban sus indicaciones, aunque no reflejaran mis puntos de vista.

La única resolución que aceptaría era que ambos quitáramos todos los carteles. Y así lo hicimos. Esta fue una de mis primeras de muchas lecciones sobre la intolerancia, y cómo la tolerancia desvinculada de la justicia causa injusticia.

Más tarde, en un verdadero momento de “Dios no está muerto”, uno de mis profesores se burló de los cristianos durante la clase. Yo hablé. “Eso no es muy tolerante”, dije, y todo se quedó en silencio. Cuando la clase terminó, el profesor me pidió que me quedara, y se disculpó por lo que había dicho. Algunos años después, se convirtió en cristiano.

Al terminar mi doctorado y trasladarme al Cinturón Bíblico para asumir mi primera consulta de mentoría a tiempo completo

La práctica de una tolerancia justa

La experiencia en la oficina de posgrado fue un microcosmos de un conflicto social más amplio. Reveló que la tolerancia, cuando se la considera un fin en sí misma y no un medio para un bien mayor, puede degenerar en un frágil pacto de no agresión que se rompe en el momento en que alguien se siente incómodo. La verdadera prueba de la tolerancia no es la coexistencia de ideas idénticas, sino de ideas en desacuerdo. Sin embargo, para que este desacuerdo sea fructífero y no destructivo, debe estar anclado en un compromiso compartido con la justicia y la dignidad humana fundamental. Esto requiere pasar de una tolerancia pasiva—una simple indulgencia—a una tolerancia activa que se esfuerza por comprender, contextualizar y, cuando es necesario, disputar con respeto.

Errores comunes en la búsqueda de la tolerancia

En el camino hacia una convivencia más justa, es fácil caer en trampas conceptuales. Identificarlas es el primer paso para evitarlas.

  • Confundir tolerancia con aprobación: Este es quizás el error más frecuente. Se puede tolerar legal y socialmente la expresión de una creencia con la que se está en profundo desacuerdo, sin por ello avalarla. La tolerancia protege el derecho a hablar; no certifica la veracidad de lo dicho.
  • Exigir tolerancia asimétrica: Sucede cuando un grupo mayoritario o con poder institucional exige que una minoría “tolere” políticas o discursos que la perjudican, mientras que ese mismo grupo no practica la reciprocidad. La verdadera tolerancia es un puente de dos vías, no una imposición unilateral.
  • Usar la “tolerancia” para silenciar: Acusar a alguien de “intolerante” por simplemente disentir es un uso corrupto del concepto. Esto convierte la tolerancia en un arma para cerrar debates, protegiendo ciertas ideas de todo escrutinio o crítica, lo que es antitético al diálogo democrático.
  • Olvidar los límites necesarios: Una sociedad verdaderamente justa no puede tolerar todo. La intolerancia hacia la intolerancia—es decir, establecer límites claros contra el discurso de odio, la violencia o la negación de derechos básicos—es un principio necesario para proteger a los vulnerables y preservar el propio marco que hace posible la tolerancia.

Perspectivas expertas: Más allá del relativismo

Filósofos como John Rawls y Karl Popper ofrecen marcos valiosos. Rawls, en su teoría de la justicia, argumenta que los principios de una sociedad justa deben ser elegidos desde una “posición original” de ignorancia sobre nuestro propio lugar en el mundo. Este ejercicio mental fomenta una tolerancia basada en la equidad, ya que nadie sabría si sus creencias serían mayoritarias o minoritarias. Por su parte, Karl Popper, en “La sociedad abierta y sus enemigos”, formuló la “paradoja de la tolerancia”: si una sociedad es ilimitadamente tolerante, su capacidad de ser tolerante será finalmente destruida por los intolerantes. Por lo tanto, para mantener una sociedad tolerante, debe reclamar el derecho a no tolerar la intolerancia. Estas perspectivas nos alejan del relativismo simple (“todas las opiniones son igualmente válidas”) y nos sitúan en un terreno donde la tolerancia es un sistema dinámico y defendido activamente.

Un dato histórico revelador

El concepto moderno de tolerancia religiosa, germen de muchas de nuestras discusiones actuales, no nació necesariamente de un sentimiento de benevolencia. Tras las guerras de religión en Europa, el Edicto de Nantes (1598) en Francia y la Paz de Westfalia (1648) que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, establecieron principios de coexistencia religiosa principalmente por agotamiento. Era una solución pragmática a un conflicto insostenible, un “modus vivendi”. Este origen nos recuerda que la tolerancia a menudo comienza como una necesidad práctica para la supervivencia social, y que el desafío posterior es infundirle un espíritu de genuino respeto y búsqueda de la verdad, en lugar de mantenerla como una simple tregua cansada.

Integrar la justicia en la ecuación de la tolerancia exige, por tanto, un examen constante. Implica preguntarnos: ¿esta demanda de tolerancia protege a un grupo vulnerable o simplemente preserva el statu quo de poder? ¿Estoy dispuesto a extender a los demás la misma consideración que exijo para mí, especialmente cuando sus convicciones me resultan ajenas? La “tortura” de la tolerancia surge precisamente de esta tensión, del trabajo arduo de sostener principios universales en un mundo de particularidades. No es un camino hacia la comodidad, sino hacia una paz más profunda y duradera, construida no sobre el silencio de las diferencias, sino sobre el reconocimiento riguroso y compasivo de nuestra humanidad compartida y nuestro derecho a buscar la verdad, incluso por caminos divergentes.

📅 Last updated: 21.12.2025

❓ Frequently Asked Questions

💬 What is the Moral Majority?

The Moral Majority was a prominent American political organization associated with the Christian right, founded in 1979. It advocated for socially conservative policies and sought to influence elections, but its name was often criticized by opponents who argued it was neither a majority nor particularly moral.

💬 How does tolerance work in a democratic society?

In a democratic society, tolerance is a foundational virtue that allows diverse groups with differing beliefs to coexist peacefully. It involves respecting the rights of others to hold and express their views, even when one disagrees with them, which is essential for civil discourse and social harmony.

💬 Can Christian beliefs and tolerance coexist?

Yes, many Christian worldviews actively promote tolerance as a virtue, teaching respect and love for one’s neighbor. However, practical challenges can arise when deeply held religious convictions conflict with other societal values, requiring a balance between personal faith and respectful engagement in a pluralistic society.


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